ENTREVISTA CON EL DOCTOR EN HISTORIA DE LA CIENCIA DE LA UNIVERSIDAD DE LONDRES (REINO UNIDO) . “La verdad también tiene una historia”: Mauricio Nieto

Ciencia
Pablo Correa Torres
En su nuevo libro “Una historia de la verdad en Occidente”, el profesor de la U. de los Andes, reconstruye la mutación de las ideas sobre nuestro cosmos desde los antiguos griegos hasta el siglo XIX.

Si en Colombia un científico ya es una rareza, un historiador de la ciencia es una especie académica aun más exótica y difícil de encontrar. Mauricio Nieto Olarte es uno de esos últimos. Al terminar su doctorado en Historia de las Ciencias de la Universidad de Londres regresó al país para, desde los salones y pasillos de la Universidad de los Andes, contagiar a sus alumnos con la pasión por entender cómo han evolucionado las ideas desde la antigüedad hasta nuestros días.

En el 2000 publicó un trabajo titulado Remedios para el Imperio: historia natural y la apropiación del Nuevo Mundo, con el que ganó el premio Silvio Zavala de Historia Colonial en México. Más adelante, en 2006, publicó La obra cartográfica de Francisco José de Caldas, luego de rescatar algunos mapas extraviados del naturalista, y al año siguiente publicó un trabajo titulado Orden natural y orden social: ciencia y política en el Semanario del Nuevo Reyno de Granada, con el que ganó el Premio Alejandro Ángel Escobar de Ciencias Sociales y Humanas.

Ahora, en Una historia de la verdad en Occidente, se arriesga a plantear una síntesis de las diversas formas de pensar que han dominado nuestra cultura. El libro es publicado por Ediciones Fondo de Cultura Económica. En palabras del propio Nieto, “la tesis central de este libro es muy simple: la verdad tiene historia”.

Entrevista

Este es un libro ambicioso. Un recorrido extenso por la historia de Occidente.

¿Cuánto tiempo lleva trabajando en él?
Estos temas los he trabajado buena parte de mi vida; en este libro, más de diez años.

¿Quién cree que le va a sacar más provecho, qué público lo va a disfrutar más?
Espero que un público amplio que incluya profesores y estudiantes universitarios tanto de ciencias naturales como sociales; también cualquier persona interesada en entender la cultura occidental. Me gustaría mucho que maestros de secundaria puedan aprovechara el libro para articular en el salón de clase temas filosóficos, humanísticos y científicos.Sería ideal que un maestro de ciencias pueda introducir en sus asignaturas elementos sociales e históricos, incluso religiosos o estéticos y, al mismo tiempo, que el maestro de sociales pueda incorporar temas científicos y técnicos. Uno de los mensajes del libro es sobre la necesidad de un sistema educativo en el cual las ciencias naturales, las técnicas y las humanidades tengan espacios de encuentro y mutuo aprendizaje.

Como profesor e investigador en historia y ciencia, debe ser un poco frustrante tratar de sacar a los estudiantes de la vorágine de las redes sociales para que miren hacia atrás, hacia la historia de las ideas…

Lo que ofrecen hoy en día las nuevas tecnologías de la información es sin duda fascinante, pero también es cierto que se ha vuelto un reto permanente competir con la velocidad y muchas veces superficialidad con la que circula la información en el mundo digital. Nuestros estudiantes hoy tienen seguramente capacidades cognitivas que no tenemos nosotros, pero la lectura de un argumento complejo, de un libro, parece que les cuesta. Creo importante provocar interés por grandes preguntas que requieren algo más de paciencia y cuidado que la inmediatez que ofrece el mundo de la web. No veo cómo se puedan tratar estos temas en Twitter, y tengo la esperanza de que el libro pueda despertar la curiosidad de mis hijos y de los hijos de muchos otros, por viejas y grandes preguntas de la filosofía, de la religión, del arte y de la ciencia en Occidente. Así como hay un día sin carro, debería haber un día sin web, sin redes sociales, tal vez nos ayude a descontaminar la cultura.

Como lo dice en su prólogo, los historiadores de la ciencia que escriben en
español muchas veces se “autocensuran” o se marginan de escribir sobre las
grandes tradiciones occidentales. ¿Qué lo impulsó a dejar de lado ese pudor esta vez?

Por un lado es un proyecto estrechamente relacionado con la docencia, donde no
podemos abandonar las grandes narrativas, la historia sin reflexiones de larga duración se puede extraviar en la superespecialización y no ver el bosque sino árboles aislados, incluso ramas desprendidas. Por otro lado, no tiene mucho sentido que por ser latinoamericanos o colombianos solo podamos pensar temas locales y que no podamos enfrentar los grandes temas de la filosofía, de la ciencia o de la historia; de hecho creo que tenemos mucho que decir, perspectivas distintas y enriquecedoras sobre grandes problemas.

¿Cuál sería esa perspectiva particular de su trabajo?

Uno de los grandes desafíos de la historiografía contemporánea es remediar los
excesos de una mirada centrada en Europa, y las formas más familiares de pensar la historia de la ciencia no solo han sido eurocéntricas sino también anglocéntricas. El libro intenta explicar justamente cómo fue posible para Occidente proclamar la posesión de una forma universal de conocimiento. Además quise incluir temas tradicionalmente ignorados en la historia de la ciencia occidental, como lo es el papel del mundo católico e ibérico, del islam e incluso sobre tradiciones americanas y su influencia en la ciencia occidental. La gran mayoría de trabajos que tienen objetivos similares se han publicado en inglés y es importante no solo tener traducciones de esos trabajos sino también reflexiones propias; finalmente somos parte importante de la gran historia de Occidente.

¿Cómo es eso que como profesor de historia de la ciencia cada vez le abre más
espacio a la religión y al arte?

Estas distinciones entre ciencia y religión, o entre ciencia y arte, hoy nos parecen obvias, incluso insuperables; pero no siempre fue así y no tiene que ser así. Los grandes protagonistas del llamado nacimiento de la ciencia moderna como Kepler, Galileo, Descartes, Newton, fueron todos profundamente religiosos y la idea de una ciencia secular es muy reciente. De manera similar, la distinción entre las artes y la ciencia en la que creemos hoy no tendría ningún sentido en el Renacimiento. Llevo más de veinte años enseñando historia de la ciencia. Con el tiempo he visto la necesidad de ampliar los horizontes clásicos del campo y cada vez le veo más sentido a incluir temas religiosos o estéticos. Todo esto en un contexto en el cual la ciencia y la política, el conocimiento y el poder son inseparables. Tal vez por eso quise titular el texto historia de la “verdad” y no de la “ciencia”. La tesis fundamental de este libro es que la verdad tiene una historia. Es una frase provocadora.

¿A qué se refiere?

En las primeras líneas del libro, a lo largo de la introducción y en las más de 500 páginas que siguen trato de responder esa pregunta. Habría que leerlo, pero finalmente el argumento es bastante simple y difícil de refutar: el conocimiento es un producto humano y, como la cultura, está en permanente cambio. Sospecho que en este punto es conveniente aclarar que mi intención está muy lejos de montar un ataque a la ciencia. No veo ningún beneficio en la defensa de tesis relativistas y mucho menos se pretende aquí proclamar cosas como que la verdad no exista. La verdad es tan real que es posible escribir su historia.

En un mundo académico donde se aplaude y premia lo puntual, la especialización, al aparecerse con una propuesta como esta, que sintetiza toda una historia de Occidente, ¿cree que algunos colegas suyos lo mirarán con recelo?
Toda síntesis es necesariamente incompleta. Es posible que el especialista, por decir algo en teología o en filosofía griega, encuentre con razón que el tema merece un tratamiento más cuidadoso, pero abandonar la capacidad de análisis de procesos de largo aliento es una pérdida, de hecho bastante frecuente en el mundo académico y educativo de hoy.

Hay muchos nombres trascendentales en este libro: Kepler, Galileo, Newton.
¿Cuál es el personaje de la historia de la ciencia que más lo ha cautivado?

Difícil, todos ellos, en su momento hicieron cosas extraordinarias y muy distintas: Aristóteles, San Agustín, Paracelso, Galileo, Newton, eso depende. El día que tengo que hablar en clase de alguno de ellos se convierte en mi favorito y busco argumentos para defender que fue definitivo en la historia. Igual es bueno aclarar que la historia de la verdad no es la historia de individuos aislados y sus ideas solitarias, más bien de prácticas colectivas, de consensos y de exitosas formas de comunicación. No obstante es una bonita pregunta y si tuviera que elegir y, para no caer en lugares comunes, buscaría más en la Bagdad medieval que en Atenas o la Florencia del Renacimiento. Que tal Al-Kwarizmi en el siglo IX? ¿Qué sería de nuestra ciencia sin una aritmética basada en la numeración decimal de origen indio y que llamamos arábica? ¿Sin el álgebra?

De todos los momentos de esa historia de la verdad que aborda, ¿cuál es el que
más lo intriga?

Igualmente difícil, pero esta vez me arriesgo con una respuesta: el triunfo del
cristianismo. ¿Cómo explicar que una pequeña comunidad judía, que vio morir a su
maestro en la cruz e hizo de él la manifestación humana del creador del universo, se convierta en una fuerza religiosa de alcance global? Para un historiador secular no solo resulta difícil y fascinante explicar el fenómeno, sino que las implicaciones para la cultura occidental del triunfo de una religión monoteísta fue descomunal. Nada de lo que somos hoy se podría explicar sin entender el cristianismo y sus fundamentos filosóficos, que como trato de explicar en el libro son parte esencial no solo de la religión sino de la idea de verdad en Occidente.

¿Por qué cree que la relación de Colombia con la ciencia es tan frágil? ¿Por qué
es tan difícil insertar la ciencia en nuestra cultura política, en la sociedad en general?

Primero, en Colombia sí hay una activa producción científica en muchas ramas del
conocimiento, pero ciertamente insuficiente y, como usted dice, frágil. Razones hay muchas y complejas: el acceso a la educación de calidad sigue siendo privilegio de pocos, el tema de ciencia y tecnología no parece tener peso político, no hay debate público sobre los temas científicos y a muy pocos les importa el tema en planes de gobierno, el tema no da votos. Por lo mismo no hay inversión sostenida en investigación ni del Estado ni de la empresa privada. A pesar de que la ciencia y la tecnología nos afectan de manera directa y permanente en la vida diaria, parece que son temas vedados al gran público. Es común suponer que sobre ciencia solo deben hablar los científicos. Sobre fútbol hablan muchos y mucho, personas que deben ser pésimas con un balón, pero los temas científicos o tecnológicos parecen estar restringidos a los expertos y por fuera del debate público. Eso no le hace bien a una sociedad que pretende ser participativa en la toma de decisiones que importan.

¿Cree que a la academia colombiana le ha hecho falta más pensamiento
científico y menos dominio de las humanidades?

No realmente, el país necesita buenos ingenieros, físicos, antropólogos y sociólogos por igual. Es más, creo que necesita una mejor comunicación entre ellos; los grandes desafíos del país son complejos y no se pueden reducir al análisis del economista o de una sola disciplina. Claro, el país necesita más investigación de calidad y reconocimiento internacional en todos los campos, pero, más importante aun, necesitamos producir conocimiento pertinente, con impacto sobre nuestras más sentidas necesidades.

¿Cuál será la mejor estrategia para interactuar con tantos movimientos sociales
anticientíficos, desde los antivacunas hasta los terraplanistas?

Más que instruir a la sociedad sobre lo que es o no verdad, es esencial una sociedad con capacidad crítica, capaz de pensar y tomar una posición informada sobre los temas relevantes. Una vez más, la velocidad del mundo digital no ayuda. La simple repetición de información falsa o sin fundamentos la convierte en verdad pública. El público no puede tragar entero y esa es una labor fundamental de la pedagogía, no tanto revelar datos incuestionables, sino enseñar a pensar críticamente. Hace poco mi hijo de trece años me dijo que a la especie humana le quedaban cincuenta años de vida, yo le expresé mis dudas… “¡No papá, es verdad! Está en todos lados en internet”. Esto mismo es pan de todos los días en política, en debates sobre cambio climático, sobre vacunas, sobre dietas milagrosas, etc.

¿Qué opina de esta idea de una “Misión de Sabios” que relanzó el Gobierno?

Con el mayor respeto a quienes llamamos “sabios”, tengo un profundo escepticismo
sobre los efectos que puedan tener sus recomendaciones. Espero me equivoque, pero sospecho un saludo a la bandera de un gobierno sin capacidad de tomar medidas con impactos reales. Ya tuvimos una misión de sabios que recomendó acciones concretas para el desarrollo de una ciencia robusta al servicio del país. Pero el presupuesto de Colciencias y el porcentaje del PIB que se invierte en investigación sigue siendo un chiste, una tragedia realmente. No se necesita ser demasiado sabio para reconocer lo obvio: un país sin políticas fuertes de educación para todos está destinado a perpetuar la inequidad y la dependencia tecnológica, al fracaso.

¿Cómo le suena esa categoría de “posverdad” que hoy todo el mundo usa como
explicación al mundo que vivimos?

Hoy parece evidente la pérdida de confianza en todo tipo de autoridad, no solo política sino incluso científica. Pero no creo que sea una condición específica de nuestro
tiempo, desde Platón y a lo largo de toda nuestra historia ha existido una contienda sobre quiénes son los verdaderos voceros de la verdad. Ese es justamente el tema del libro. Una vez más lo que importa no es eliminar la duda y sustituirla por una única verdad, sino que existan debates reales con interlocutores diversos pero fuertes, bien informados, en capacidad de mostrar la debilidad de sus oponentes o la legitimidad de sus puntos de vista.

Fuente: Correa Torres, Pablo. “La verdad también tiene Historia”. El Espectador, 8 de
Septiembre, 2019. Recuperado el 9 de Septiembre, 2019. https://www.elespectador.com/noticias/ciencia/la-verdad-tambien-tiene-una-historia-mauricionieto-articulo-879912